Menú del desayuno

Por las mañanas lo primero que me pregunto es si me habrás escrito. Cuando me respondo un 'no', lo segundo que me pregunto es cómo me habré logrado dormir anoche. 'No lo recuerdo', claro.

¿Quién me habrá matado para que haya podido cerrar los ojos? 'El mismo que no te escribe'.

Claro.

Lo cuarto y último que me pregunto—antes de regresar bajo la cáscara de mi manta— es: ¿para qué diantres me habré despertado?

Claro: para ver que no me has escrito y volver a morir de nuevo.

Buenos días.

Pues no sé...

¿Pero quién te crees que eres? Las razones para estar triste las elijo yo de entre mis desastres y nadie, escucha, ¡Nadie más! Debería poder venir y decir: 'Toma, prepárate; voy a hacerte daño. Pero no te preocupes, que te dejo las llaves del pecho atadas a la garganta; para que, cada vez que tragues saliva o suspires, te acuerdes de mí. Jódete y sé feliz. Te quise.'

Si los gatos supiesen hablar, se quejarían.

Yo sé que él no me quiere.

Bueno, quizá sí, pero este 'amor' sería comparable a querer a un gato: me acaricia, me besa, me mima, pero a la mínima que salto a un lado fuera de su antojo o saco mis uñas para arañarle la espada, me pone mala cara...
Supongo—pero no afirmo—que él también lo sabe; sabe que todo esto es nuestra pequeña necesidad, la cual nos hace felices mientras comemos chocolate y jugamos a imaginarnos una bonita vida juntos con un salón muy grande lleno de flores disecadas, copas de vino, libros, mis bragas y sus calcetines tirados cerca de la mesita de café y algún plan para el futuro que nos permita a ambos hablar en plural... No sé, las típicas cosas que hablas con tu gato cuando nadie te ve ni te oye.

La confirmación a todo esto es que nunca me llama y cuando me escribe dice que se cansa de leer. Pero yo no me quejo; sólo maldigo mi suerte por no ser un libro, lloro un poco y se me pasa. Tal vez otra prueba infalible sea que, cuando hacemos el amor, él nunca deja la luz prendida."¿¡Para qué quieres tú, loca, la luz prendida!?", pues os diré: alguien que te quiere cuenta tus lunares, tus pestañas y te aguanta el pelo mientras le lames las raíces, ramas y folios; pero él no. Él no me quiere, y no me quejo, porque al menos yo sí sé cuántos lunares tiene en la tripa y hasta encontré los que más me gustan—son tres, los llamo 'mis islas Bermudas' cuando él no me oye—. Sé, también, que en el ojo izquierdo tiene dos pestañas más que en el derecho y que sus labios son los más finos que he visto jamás... Y claro, os preguntaréis cómo yo veo todo esto si él siempre apaga la luz, pues es sencillo: le toco. Le toco mucho y sin parar: le acaricio, y acaricio y vuelvo a acariciar hasta que vuelve a reñirme como a su gato y entonces paro, pero no me quejo.

Tampoco me quejo cuando me repite mil veces que como poco y mal, sin saber que lo que pasa es que a veces estoy tan entretenida cazando a los pájaros que revolotean en mi cabeza que se me olvida hasta eso,
comer (por ello soy un gato flaco y le clavo las costillas en cada abrazo). Y pues, como cree que sólo sé engullir besos tampoco se da cuenta de que probablemente yo sea la mejor cocinera que haya conocido; sólo que aún no tuve tiempo para aprenderme sus recetas favoritas porque sólo le beso una vez al mes... Pero no me quejo, de nada, ni siquiera de que no le gusten mis faldas ni mis camisas a rayas, ni de que odie intensamente a Jodorowsky. Tampoco le convence mi iPhone, mis calcetines de colores ni mis bragas de encaje. ¡Todo podría ser 'más digno'! ¡Todo! ¡Incluso yo! Podría ser más bajita y menos propensa a observarlo todo. Podría hablar más, sonreír más, beber cerveza, comer coliflor, llevar leggins, ser más precisa, preciosa y princesa pero elegí ser un gato. Su gato. Elegí no quejarme nunca y quererle aunque él no me quisiese a mi.









bibbidi bobbidi boo

Papá, yo creo que eres un mago. Desde que intento encontrar el amor que no tengo y sé que merezco los hombres repiten conmigo el mismo ritual que tú inventaste: vienen y se van, vienen y se van, vienen y vuelven a marcharse hasta que un precioso día me abandonan.

No sé, que ojalá y este conjuro se deshaga pronto, ¿no? Ya no tengo edad para jugar con sapos.

Instrucciones para ser tu libro


Ya sé que soy un poco de otra época, que a veces mi pelo es casi de un color amarillento a causa de los rayos de sol y que, en ocasiones, parece que lea lo que digo pero... No, amor; no soy un libro que puedes cerrar y dejar en la estantería con un 'ya te terminaré otro día'. No. Aunque admito que me quieras como a tal y, si te es más fácil entenderme con alegorías y comparaciones, incluso puedo explicarte esto a tu gusto:

Hoy me has roto las costuras. Has llegado al centro—justo entre las páginas 156 y 157—y has desgarrado con tus blancas manos esto tan fino que soy; esto que reconstruí para ti con mucho hilo y aguja.
Sé que posiblemente yo no sea la mejor historia que hayas leído en tu vida (ni siquiera impresa estoy en el mejor papel ni con la mejor tinta), sé que tengo vacíos temporales y que mi sintaxis falla en la mayoría de las vivencias que juro haber sufrido pero, amor, te prometo haberme escrito para quererte.

 Toda mi vida—pequeña y triste vida—la he pasado dejando apuntes en los bordes de mis páginas para ser mejor novela; he escapado de mil best sellers y he sufrido en mis propias tapas el dolor de ser un libro olvidado en cualquier banco del Labordeta. Me he corrido por culpa de varios cafés malintencionados y tengo mil salivas impregnando mis esquinas pero, desde hoy, sólo soy tuya. Así pues no me cierres, no me arrugues y ten en cuenta que ser de tapa blanda no ayuda a protegerme de los golpes que le das a la vida con mi cuerpo.

Soy frágil, como tú.

Y si me dejas demasiado tiempo entre Montesco y Capuleto posiblemente ya no haya Shakespeare que me repare el corazón; me oxidaré. Y entonces quedaré tirada, fría, sola y vacía sobre la sábana sucia de algún rastro: esperando que otras manos—ya no tan blancas como las tuyas—me relean, empezando por aquello de <<Barcelona.- 4 de Enero del 2014>>...





Manos.



Él me dijo un día que las manos no le impresionaban. Que sus manos no le impresionaban, y entonces me ofendí. ¿Cómo no iban a hacerlo? Grandes, tan llenas de historias como de cicatrices... De verdad os digo que nunca me entendió cuando yo le decía que con solo pensar en sus manos podía romper a llorar a la vez que morir de placer, no entedía cómo es que sólo un roce podía convertir el mármol en carne. 

Yo sí sabía de su mágia. Pero a pesar de eso decidí dejar de mencionarlas porque notaba que a veces mi corazón dejaba de latir si sus dedos índice y pulgar no le pellizcaban despacito de vez en cuando.

Momentos clave.