Pero.

Cosas de casa

Dice que debería darme vergüenza mi soledad. Qué cosas.

A mí, hace un tiempo, lo que me daba vergüenza era no saber amar. Había en mí una sensación como cuando todas tus amigas habían dado un beso pero tú no. Lo mismo pero a gran escala. Miraba a todo el mundo y pensaba por qué ellos sí podían tener un corazón y qué es lo que le había pasado a mi pecho para sólo tener este feo hueco...

Ahora que ya descubí el mío—pequeñito y tímido, pero mío—me he dado cuenta de lo que fallaba en mi teoría: la gente confunde de lugar su vergüenza, ¡no saben dónde colocarsela! Y entonces la esconden en el bolsillo trasero del pantalón o en cualquier otro escondrijo y se sienten valientes y dicen que aman y quieren cuando en realidad su corazón se esconde en su feo hueco mientras lee a Schopenhauer.

Así pues, no; no me da vergüenza mi soledad, mamá. ¿Y a ti? ¿No te da vergüenza no haber sabido ser nunca la compañía? Qué poco nos parecemos...

Vuelvo a deshojar relojes.

Él podría dejar su maleta en mi vientre.
Podría olvidarla.
Pero, en lugar de eso, no hace más que viajar en círculos,
en bucles,
en infinitos...
Recordando todo menos las razones que le doy para quedarse.

Y yo,
mientras tanto,
me pregunto si todo esto vale la pena o mi vida entera—las cuales a veces confundo entre ellas—y quedo
fundida
en el silencio de una espera que arruga mis manos, mi rostro y mi alma;
lluvia.
Mi reloj de arena va restando gotas y menos mal: es dulce el dolor de saber que todo esto acabará cuando las nubes de mis ojos queden secas.

Eres mi última vez.



Interiores.

Sigo pensando que eres mi hogar porque, como contra un maldito mueble del salón, tropiezo con tu pecho y—mientras muero de dolor—abro mis ojos encharcados y veo que no hay sitio donde joderme me haga más feliz que aquí. En ti. En mi hogar. Contra tu pecho.

Momentos clave.